Halestorm en Buenos Aires: una década de espera saldada
El 29 de marzo de 2026, el Teatro Gran Rivadavia fue testigo de un regreso largamente esperado. Después de diez años sin pisar suelo argentino —desde aquella presentación en el Maximus Festival 2016—, Halestorm volvió con un show propio, íntimo y contundente, que no necesitó más que su música para sostenerse.
La jornada tuvo un detalle que no suele aparecer en las crónicas, pero que dice mucho del ADN de la banda. Alrededor de las 14 hs, durante la prueba de sonido, Halestorm se tomó el tiempo de salir a la vereda y compartir un momento con los pocos fans que estaban esperando: fotos, firmas, sonrisas. Un gesto simple, pero que construye fidelidad real.
Más tarde, a las 17 hs, fue el turno de los ganadores del meet & greet: apenas ocho personas que pudieron vivir una experiencia cercana con la banda. A las 19:30 se abrieron finalmente las puertas al público general, que empezó a llenar el teatro con una expectativa contenida, casi acumulada durante una década.
Sin banda soporte, sin preámbulos innecesarios. A las 21 en punto, las luces se apagaron y Halestorm salió a escena. Desde el primer segundo, quedó claro que no venían a “cumplir”: venían a recuperar el tiempo perdido.
El arranque con “I Get Off”, incluyendo un fragmento de “Crazy on You” de Heart, marcó el tono de la noche: potencia, actitud y una clara intención de conectar con la historia del rock. Sin respiro, siguieron “Love Bites (So Do I)” e “I Miss the Misery”, dos pilares de su catálogo que encendieron al público desde el inicio.
El show recorrió toda la discografía de la banda, pero tuvo un eje claro: Everest, su último trabajo. De las 19 canciones interpretadas, ocho pertenecieron a este disco, lo que convirtió al recital en una verdadera presentación conceptual del material.
Temas como “WATCH OUT!”, “Shiver” o “Rain Your Blood on Me” mostraron una banda más afilada, más moderna, pero sin perder su esencia hard rockera. En vivo, estas canciones ganan cuerpo: suenan más crudas, más directas, más peligrosas.
“Like a Woman Can” y “I Gave You Everything” aportaron matices, demostrando que la banda puede moverse entre la agresión y la sensibilidad sin perder identidad. Mientras tanto, “Everest”, interpretada sobre el final del set principal, funcionó como una declaración artística: un cierre potente, cargado de significado, como si la banda estuviera marcando una nueva cima en su carrera.
El setlist no dejó afuera los momentos esperados. “Black Vultures”, “Uncomfortable” y “Back From the Dead” mantuvieron la intensidad alta, mientras que el cover de “Perry Mason” de Ozzy Osbourne aportó para muchos (y me incluyo) el momento más emotivo de la noche.
La elección de ese tema del repertorio de Ozzy Osbourne conectó de manera directa con la memoria emocional del público, especialmente por su vínculo reciente con el festival Back to the Beginning, donde la canción volvió a cobrar protagonismo en lo que sería la despedida definitiva del icónico frontman. En ese contexto, escucharla en vivo en manos de Halestorm fue una forma de mantener viva una parte fundamental de la historia del heavy metal.
Para los fans, ese momento funcionó casi como una ceremonia dentro del recital. La posibilidad de participar colectivamente de un tributo cargado de respeto y emoción. La interpretación logró capturar la esencia oscura y potente del original, pero también resignificarla desde la energía propia de la banda. En un show que ya tenía un peso simbólico por el regreso después de diez años, este cover terminó de sellar un puente entre generaciones, recordando que el legado de figuras como Ozzy sigue latiendo fuerte en cada escenario.
Uno de los momentos más íntimos llegó con el fragmento de “Familiar Taste of Poison”, donde la banda bajó la intensidad y permitió que la voz de Lzzy Hale brillara en su faceta más emocional.
El solo de batería fue otro punto alto, no solo como despliegue técnico sino como pausa estratégica antes del último tramo del set.
El encore fue, como era de esperarse, un golpe directo al corazón del público. “Freak Like Me” reactivó la energía colectiva, mientras que “Fallen Star” mostró nuevamente el peso del material nuevo.
El cierre con “Here’s to Us” fue un brindis compartido. Banda y público unidos después de diez años, cantando como si el tiempo no hubiera pasado.
El show se sintió como un reencuentro necesario entre una banda que creció mucho en la última década y un público que nunca dejó de esperarla.
Sin escenografías excesivas, sin artificios innecesarios, el grupo apostó todo a lo esencial: canciones, actitud y conexión. Y eso alcanzó —y sobró— para construir una noche sólida, intensa y emocional. El único aspecto criticado por la gran mayoría del público fue el hecho de haber butacas en el recinto. Halestorm es una banda demasiado enérgica como para pretender que el público se quede sentado en sillas. Ese Campo parado sin numerar se hizo sentir y la gente lo manifestó.
Aún así, después de tanto tiempo, la sensación que quedó flotando en el aire fue clara: fue una deuda saldada con creces.
Crónica escrita por Ortiz Andrés
Fotografías: puestas a disposición por AKE Music.


















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