Pentagram en Uniclub: cuando la historia del heavy y el doom se sube al escenario

 


Hay recitales que se disfrutan por las canciones. Otros, por la calidad de los músicos. Y después están aquellos en los que uno tiene la sensación de estar asistiendo a un pequeño capítulo de la historia de la música.

La presentación de Pentagram en Uniclub, Buenos Aires, el domingo 16 de agosto de 2026, perteneció indudablemente a esta última categoría. No porque haya sido el recital más multitudinario, ni porque la banda haya necesitado una producción gigantesca para convencer. Todo lo contrario. La fuerza de la noche estuvo precisamente en su sencillez: un escenario, amplificadores, canciones que llevan más de medio siglo circulando por el underground y, al frente, Bobby Liebling, único miembro fundador que permanece en la formación y figura inseparable de la historia de Pentagram. La banda llegaba además en el marco de su “Farewell Tour – Last Latin American Run 2026”, presentado como su última gira latinoamericana.




Y eso modificó inevitablemente la percepción del espectáculo. Porque ver a Pentagram en 2026 no significa simplemente ver una banda de doom metal. Significa ver a uno de los grupos que ayudaron a inventar el lenguaje con el que posteriormente se escribiría buena parte de la historia del género.

Para comprender realmente lo que ocurrió en Uniclub hay que retroceder más de cinco décadas. Pentagram comenzó a tomar forma en Virginia en 1971, alrededor de Bobby Liebling y Geof O'Keefe. En aquellos primeros años, el concepto de “doom metal” ni siquiera existía como categoría consolidada. Black Sabbath había abierto una puerta, pero todavía nadie sabía exactamente qué había detrás de ella.

 



Pentagram se metió por esa puerta. Su música tomó algunos de los elementos fundamentales del hard rock y del primer heavy metal —riffs pesados, estructuras blueseras, distorsión, oscuridad— y los llevó hacia un territorio más lento, opresivo y sombrío. Con el tiempo, canciones que originalmente circulaban como singles, demos y grabaciones de culto terminarían siendo consideradas piezas fundamentales para comprender la evolución del heavy metal y, particularmente, del doom. Fuentes especializadas describen a Pentagram como uno de los primeros grupos que tocaron aquello que posteriormente se convertiría en heavy metal y doom.


El problema fue que Pentagram nunca tuvo el éxito comercial que parecía corresponderle. Mientras otras bandas construían carreras millonarias, Pentagram permanecía en el underground. Mientras Black Sabbath se convertía en una institución, Pentagram se transformaba en una leyenda. Y mientras el doom comenzaba a consolidarse durante los años ochenta, la banda de Liebling ya había estado tocando ese lenguaje una década antes.


De allí surge una de las grandes paradojas de Pentagram: fueron demasiado tempranos para aprovechar aquello que ayudaron a crear.

Sus primeros álbumes, Relentless —originalmente editado en 1985 como Pentagram— y Day of Reckoning (1987), terminarían siendo fundamentales para el desarrollo posterior del doom.

Y ese legado se siente todavía hoy en bandas que probablemente jamás habrían sonado como suenan sin Pentagram, Black Sabbath, Saint Vitus, Trouble y Witchfinder General. Si bien Pentagram no inventó el metal, sin dudas ayudó a determinar cuán oscuro podía llegar a ser.


Volviendo al recital en cuestión, cuando finalmente apareció Bobby Liebling, Uniclub adquirió otra dimensión. Porque Bobby no necesita correr de un extremo al otro del escenario para imponer presencia.

Su presencia está en otra parte.

En la mirada.

En los gestos.

En la manera de tomar el micrófono.

En esos movimientos corporales que parecen pertenecer a otra época.


Liebling tiene una forma de pararse sobre el escenario que resulta difícil de separar de la propia mitología de Pentagram. Su voz, su aspecto y su particular manera de interpretar las canciones hacen que el espectador no esté simplemente observando a un cantante. Está observando al personaje que durante décadas estuvo en el centro de una de las historias más extrañas, turbulentas y fascinantes del underground estadounidense.

Y hay algo importante: Bobby no intenta ocultar el paso del tiempo.

No podría hacerlo.

Pero tampoco parece necesitarlo.


Su presencia escénica funciona precisamente porque hay algo de supervivencia en ella. Pentagram sobrevivió a cambios constantes de formación, períodos de inactividad, problemas personales y décadas de indiferencia de la industria. Liebling es, literalmente, el hilo que conecta todas esas épocas. Es el único miembro fundador que permaneció asociado a la banda de manera continua.

Por eso, cuando Bobby se planta frente al micrófono, hay una sensación inevitable de estar frente a alguien que no solamente interpreta estas canciones: las vivió.

El show comenzó con "Live Again", y el título resultó casi demasiado apropiado. “Volver a vivir”. Si hay una palabra que puede definir la historia de Pentagram, es justamente esa. La canción funcionó como una declaración de principios: después de décadas de idas y vueltas, Pentagram seguía allí. Y detrás llegó "Starlady", que permitió que el sonido de la banda comenzara a instalarse en Uniclub. La primera impresión fue clara: Pentagram no necesitaba modernizar sus canciones. No necesitaba convertirlas en algo más pesado.


El sonido de esos riffs demuestra algo que puede resultar sorprendente para quienes conocen el doom principalmente a través de sus derivados contemporáneos: muchas de las características que hoy identificamos con el género estaban allí desde muchísimo antes.

Con "The Ghoul", la banda se metió de lleno en uno de sus territorios más reconocibles. Es una de esas composiciones que parecen construidas alrededor de una idea extremadamente sencilla: un riff. Pero ahí reside precisamente la genialidad. En Pentagram, el riff no funciona como acompañamiento. El riff es la canción. Es la estructura, el clima, la melodía y la identidad.


Y eso ayuda a explicar la influencia de la banda sobre generaciones posteriores. En tiempos donde el metal fue acumulando capas de virtuosismo, producción y complejidad, Pentagram demostró que un riff correctamente ejecutado puede ser suficiente para generar una atmósfera completa.

El tramo siguiente, con "I Spoke to Death" y "Sinister", profundizó ese costado más oscuro.Aquí apareció uno de los mayores atractivos de la presentación: la posibilidad de escuchar canciones separadas por décadas dentro de un mismo espectáculo y comprobar que, pese a las diferencias de época, todas parecen pertenecer al mismo universo y eso no es sencillo. Una banda que atraviesa cincuenta años suele mostrar claramente sus distintas etapas. Pentagram, en cambio, tiene una identidad tan marcada que incluso las canciones posteriores parecen dialogar con aquellas composiciones primitivas.


El resultado fue un recital que funcionó casi como una línea temporal. No había una división clara entre “Pentagram clásico” y “Pentagram moderno”. Había simplemente Pentagram.

Pocas canciones del repertorio podían representar mejor la dimensión histórica de la banda que "When the Screams Come". La canción pertenece a esa etapa temprana en la que Pentagram estaba construyendo, sin saberlo, buena parte de los códigos que décadas después serían estudiados, copiados y reinterpretados por el doom.

Escucharla en 2026 tiene algo de extraño porque muchas bandas contemporáneas utilizan esos mismos recursos como una elección estética. Pentagram los utilizaba porque era simplemente la música que quería tocar. Y ahí aparece una diferencia fundamental entre una influencia y una moda.

Si hubo una canción capaz de condensar el espíritu de la noche, fue "Sign of the Wolf (Pentagram)". Es uno de los temas más reconocibles de la banda y, de acuerdo con los registros históricos de sus presentaciones, también uno de los más interpretados a lo largo de su carrera. En vivo funciona como un recordatorio de por qué Pentagram sobrevivió. Porque detrás de toda la historia, detrás de los problemas y detrás de la mitología, hay algo mucho más simple: canciones excelentes.


El repertorio avanzó hacia "Dull Pain" y "Review Your Choices". Esta última permitió viajar a otra etapa fundamental de Pentagram. Review Your Choices, publicado en 1999, pertenece a un momento en el que la banda ya había pasado por varias reencarnaciones. Pero el título de la canción parecía apropiado para una noche que, en muchos sentidos, consistía en revisar toda la historia del grupo. Los riffs continuaban siendo pesados. La voz continuaba teniendo esa cualidad áspera y particular. Y Bobby continuaba siendo Bobby.

Con "Thundercrest" y "Walk the Sociopath", la banda mostró que su repertorio no vive exclusivamente de las canciones más antiguas. Esto es importante porque existe una tendencia a pensar en Pentagram como una reliquia histórica. Un grupo que uno debería escuchar por obligación cultural. Pero el recital demostró que no.

Pentagram puede ser estudiado como una pieza fundamental de la historia del metal y, simultáneamente, disfrutado como una banda de rock pesada en pleno funcionamiento. Son dos cosas distintas. Y las dos son ciertas.

Entonces llegó "Forever My Queen". Y el clima cambió. Probablemente ninguna otra canción del setlist resumió tan bien el vínculo entre Pentagram y el público.

Es una composición que pertenece a la etapa más temprana de la banda y que se convirtió con el tiempo en una de sus piezas emblemáticas. No casualmente aparece entre las canciones más interpretadas de toda su trayectoria.

En vivo, el riff tiene esa capacidad casi física de hacer que el tiempo parezca detenerse. Y ahí está quizás el secreto de Pentagram.

No necesita velocidad para ser brutal.

No necesita blast beats.

No necesita afinaciones extremas.

No necesita producción gigantesca.

Necesita un riff.

Y uno bueno.

El cierre con "20 Buck Spin" fue apropiado. Después de recorrer diferentes etapas de la historia de la banda, Pentagram terminó regresando al lugar donde siempre estuvo más cómodo: el riff oscuro, pesado, repetitivo y casi hipnótico.

No hubo necesidad de una despedida grandilocuente. Porque el peso emocional ya estaba instalado. Si realmente se trataba de la última visita latinoamericana de Pentagram, la noche había adquirido un valor que iba más allá del espectáculo.

Era una despedida. Pero también era una reivindicación.

¿Qué significa ver a Pentagram en 2026? Quizás esa sea la pregunta más interesante que deja el recital. Porque Pentagram no pertenece exclusivamente al presente. Tampoco pertenece exclusivamente al pasado. Pentagram es una de esas bandas que existen simultáneamente en ambos lugares. Cuando una banda contemporánea toca doom metal, podemos rastrear influencias de Black Sabbath, Saint Vitus, Trouble, Candlemass y muchas otras. Pero cuando retrocedemos todavía más, encontramos a Pentagram. Y allí aparece Bobby Liebling.

La historia no fue sencilla. Pentagram atravesó décadas de inestabilidad, interrupciones y cambios de formación. Incluso su propia discografía se construyó de manera irregular. Pero la banda terminó convirtiéndose en una de las referencias inevitables del underground pesado estadounidense.

Lo extraordinario es que la influencia de Pentagram terminó siendo mucho mayor que su éxito comercial. Eso quizá sea una de las características más puras del underground.

No necesitaron llenar estadios para cambiar la música.

No necesitaron vender millones de discos.

No necesitaron aparecer constantemente en MTV.

Bastó con que algunas personas escucharan esos riffs.

Y después esas personas formaron otras bandas.

Y esas bandas formaron otras.

Y el eco continúa.

Una despedida con sabor a historia

La presentación del 16 de agosto en Uniclub fue, en definitiva, una experiencia mucho más importante de lo que podría sugerir un set de trece canciones. Porque detrás de cada una había una historia.

Canciones como "The Ghoul", "When the Screams Come", "Sign of the Wolf" y "Forever My Queen" no son simplemente canciones de Pentagram. Son fragmentos de una época en la que el heavy metal todavía estaba descubriendo qué podía ser. Y en el centro de todo estuvo Bobby Liebling, sosteniendo una identidad que sobrevivió a prácticamente todo lo que podía atravesar una banda. El público no solamente fue a escuchar doom metal. Fue a encontrarse con uno de sus orígenes.

Y quizá esa sea la mejor manera de describir lo sucedido en Uniclub: Pentagram no vino a demostrar que sigue siendo relevante. Vino a recordarnos que, en buena medida, la música que hoy llamamos doom metal nunca habría existido de la misma manera sin ellos.

Cincuenta y cinco años después de su nacimiento, el riff continúa ahí.

Oscuro.

Pesado.

Simple.

Y absolutamente inmortal.



Review redactada por Ortiz Andrés

PH por García Nadia

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